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Cultura subtérranea

Cultura subtérranea por Aldo Chaparro

Hace unos meses estaba frente a la televisión cambiando de canales con un movimiento mecánico, viendo pasar cientos de imágenes sin que ninguna lograra capturar mi interés (la velocidad con la que cambio los canales es prácticamente insoportable para mi familia por lo que generalmente veo la televisión solo). De pronto, una imagen entró directamente en mi cabeza, me tomó unos segundos reconocerla: era la pirámide. Esa enorme mole de barro que marcó mi percepción del volumen para siempre; un programa del National Geographic analizaba datos sobre su construcción.

Cuando era niño mi familia vivía frente a una pirámide precolombina que por casualidad había quedado atrapada en medio de una zona residencial en Lima. Desde mi ventana podía ver perfectamente aquella masa gigante perfilándose desde la acera opuesta de la calle contra el siempre neblinoso y gris cielo de Lima la horrible -como la bautizara Salazar Bondy-. Pero mi experiencia no era sólo contemplativa en la pirámide de Huallanmarca. En aquel espacio gigante, en sus rampas, andenes y cumbres, pasé toda mi infancia y mi adolescencia, siendo testigo de muchas etapas de mi formación. Desde la parte más alta, se podía ver el mar y las puestas de sol. Todas las tardes del verano nos reuníamos en este lugar milenario a hacer lo que seguramente habrían hecho sus primeros habitantes, arquitectos y constructores.

Poseído por una visión muy parecida a la de Richard Dreyfuss en la película Close Encounters of The Third Kind (en donde no podía dejar de construir montañas con puré de papas o espuma de afeitar), un día en una nada sorprendente decisión opté por dedicarme a la escultura.

Cuando Productora me mostró la maqueta del LiMAC, sentí que ese agujero en mi tierra natal embonaba placenteramente con mi «siemprepresentevolumenprimigenio». Inmediatamente pensé en Chan Chan, en las líneas de Nazca, en la sagrada relación con la tierra del antiguo peruano, en la obra de Emilio Rodríguez Larrain, de Lika Mutal, en el afecto por el desierto de Jorge Eduardo Eielson y Fernando de Syzlo, en la Pachamanca, en las excavaciones arqueológicas -legales e ilegales- y en cómo para los peruanos la idea de que algo se encuentre bajo el suelo es siempre señal de que es valioso.

Durante mis años en Perú, siempre sufrí observando los canales previamente acreditados para la llegada del conocimiento contemporáneo porque me parecían obsoletos, retrógrados, mal informados y provincianos. Me parecía que se trataba con indiferencia los conductos que tradicionalmente cumplen esta función legitimadora en el resto del mundo, como exposiciones, catálogos y libros de teoría y para el caso, lo mismo pasaba con los medios de comunicación más banales tales como revistas, chismorreos y la parte comercial y social que sostiene cualquier red de arte. Esta manera de ver las cosas solía ponerme de muy mal humor, pero con el tiempo me he dado cuenta que ahora aprecio también ese espíritu tremendamente crítico e independiente, que incapaz de olvidarse de las glorias de su pasado (tal vez como yo de la mole de adobe) no quiere contentarse con ideas que pudieran ser pasajeras o malinchistas.

Tomando en cuenta su condición de aislamiento geográfico y la distancia autoimpuesta del escepticismo que impera en Lima, el proyecto LiMAC resulta ideal, ya que está basado en los ejes de nuestra cultura Peruana (como intuí, en las líneas de Nasca, o Chan Chan, por ejemplo) así como articulado por las posturas de artistas contemporáneos tales como Dan Graham y Robert Smithson. El proyecto se conecta con el pensamiento contemporáneo global yendo de lo particular a lo general, convirtiendo la particularidad de su especificidad local en un asunto de intereses para todo el mundo.

Aldo Chaparro Winder (Perú, 1965) es artista, curador, editor y director de arte. Su obra artística se centra en escultura, diseño y fotografía enfocando las relaciones visuales entre objetos naturales e artificiales.


Comentarios

Potato
1.03.2013 15:44

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